Tradicionalmente el castigo era un instrumento básico para extinguir una conducta incorrecta, pero hoy existen medios más eficaces y menos ofensivos.
Los niños sólo son niños y tienen que aprender, por eso mismo, el castigo no es la mejor forma de enseñar, ya que pueden deteriorarse los vínculos afectivos y hay formas de educar menos "dañinas".
El juez Emilio Calatayud, decano del juzgado de menores de Granada, es conocido por la utilización de sentencias ejemplares, como las siguientes:
- El cumplimiento de 100 horas de servicio a la comunidad, patrullando junto a un policía, por haber conducido temerariamente y sin carnet.
- Trabajo con bomberos por haber quemado contenedores.
- Visitas a centros para parapléjicos, hablando con ellos y sus familias, por haber conducido borracho.
Estas medidas se pueden extrapolar a las aulas sin necesidad de implantar castigos. ¿De qué sirve que un niño copie 100 veces que se debe portar bien? o ¿Es útil expulsar a un niño de la clase?¿Van a comportarse correctamente porque los pongamos de pie en una esquina?
Desde mi punto de vista, es preferible aplicar soluciones alternativas, por ejemplo, si insultan a un niño o una niña, escribirle una carta pidiendo perdón; o si hay algún alumn@ que hable mucho en clase, que haga una exposición oral sobre la lección que estemos dando al resto de sus compañer@s.
En definitiva, tratar de que los niñ@s sean felices y aprendan de la mejor forma.
Mª Luisa Ferrerós ha credo un método muy práctico cuyo objetivo es incidir en la disciplina sin dejar a un lado los vínculos afectivos y teniendo muy presente el componente emocional.